FUTBOL: ESPEJO DE VALORES.

Fdo.: josé javier echeverría barbarin

Osasunista y anti-madridista, pero sobretodo, orgulloso padre.

Era se una vez un aficionado “rojillo”, culé y anti-madridista, que tuvo una hija a la que intento desde muy pequeña inculcar sus filias y sus fobias. El día que nació estaba el orgulloso padre más preocupado en que tuviera la camiseta de Osasuna que en llevar flores a la dolorida madre, circunstancia que pasados los años ésta todavía echa en cara. Los paseos en silleta los hicieron juntos camino del campo de fútbol de Sarriguren y sus primeros pasos los dio junto a las gradas de Tajonar. Pobre Julia, has visto tanto balón en tus tres primeros años de vida que cuando empezaste a hablar lo primero que dijiste fue: “Papi, haber si te enteras, que no me gusta el fútbol”. Si la genética apartaba a la niña, antes incluso de nacer de la práctica deportiva, solo hay que ver a su padre para darse cuenta, la afición de éste fue su mayor antídoto antifutbolero.

Pasaron los años, despreocupada la chiquilla por el devenir del primer club navarro de fútbol, cuando salto la sorpresa, cual castigo divino por todas las blasfemias salidas de la boca de su padre, Julia se hizo del Madrizzz. Incrédulo ante semejante despropósito, el anti-madridista padre, no sabiendo que hacer, si dejar a su hija en la puerta de un orfanato o quitarse la vida, llorando desconsoladamente le pregunto al Dios en el que no creía: ¿Pero qué he hecho yo para merecer esto? Sin recibir respuesta. Luego pregunto a la madre de la desagradecida criatura: ¿Acaso no le hemos dado la mejor educación posible? Otra pregunta fue su respuesta, ¿Ya te has tomado la medicación? Solo quedaba preguntar a la ingrata, emulando a su nuevo ídolo, el motivo de su traición, ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Si sorprendente hubiera sido que a los ocho años ya se hubiera enamorado de Cristiano Ronaldo, más sorprendente fue su respuesta: “Papi, a mi el fútbol me da igual, me aburre más que otra cosa, pero como todas mis amigas son del Barca, todas menos una, Lucia, que le gusta el Real Madrid, como a su padre, para que no se quedara sola, les he dicho a todas que a mi también me gusta el Real Madrid…” Amen, dije yo.

Muchas burradas han salido estos días de mi cabeza viendo la vergonzosa y, espero, duramente castigada, conducta de varios “aficionados” osasunistas intentando arrebatar por la fuerza dos pequeñas banderas del Real Madrid en el Sadar este fin de semana. Hecho, que no por repetido deja de ser ofensivo. Ahora bien, la presencia de varios pequeños de la edad de mi hija junto a semejantes …, digamos suavemente INTOLERANTES, me lleva a hacer publicas, a mi manera, mis reflexiones, no tanto deportivas como de valores.

El fútbol es maravilloso, y con la dosis oportuna de sana rivalidad lo hace todavía más maravilloso, pero tiene una pega, buena o mala según el caso, que es capaz de retratarnos como somos realmente, sin disfraces ni discursos políticamente correctos. Fotografía al fascista que ve en la sola presencia del diferente una provocación, o dibuja a la niña inocente que se pone del lado de la minoría por solidaridad, aun sin saber lo que esa hermosa palabra significa.

Espero algún día poder ir al Sadar con Julia, ella con su bandera del Madrid y yo con mi camiseta de Osasuna, riéndome de mi hija si Cristiano Ronaldo le vuelve a hacer un penalti a su compañero Higuaín, penalti y expulsión, y ella celebrando en mis narices todos y cada uno de los goles que nos pueda meter Benzema. También me gustaría, cuando sea un viejecito cascarrabias, que la madre de mis nietos me lleve al Bernabeu sin que mi integridad física este en peligro por llevar mi blusa y mi bandera, “fuerte y rojo es su color”. Lo que hagan en Madrid no depende de nosotros y no debe ser excusa para que la rabia y vergüenza que cada vez que veo las imágenes, que seguro no tendrían tanta repercusión si fuera a la inversa, no se vuelvan a repetir en el Sadar. Eso si que depende de nosotros, pongámonos manos a la obra.